martes, 22 de abril de 2008

Día nueve, LLAGADO DE SU DESAMOR


Gilberto Owen
(El Rosario, Sinaloa, Méx., 1904-Filadelfia, EE. UU., 1952)
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Hoy me quito la máscara y me miras vacío
y ves en mis paredes los trozos de papel no desteñido
donde habitaban tus retratos,
y arriba ves las cicatrices de sus clavos.
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De aquel rincón manaba el chorro de los ecos,
aquí abría su puerta a dos fantasmas el espejo,
allí crujió la grávida cama de los suplicios,
por allá entraba el sol a redimirnos.
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Iba la voz sonámbula del pecho combo al pecho,
sin tenerse a clamar en el desierto;
ahora la ves, quemada y sin audiencia,
esparcir sus cenizas por la arena.
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Iba la luz jugando de tus dientes a mis ojos,
su llamarada negra te subía de los hombros,
se desmayaba en sus deliquios en tus manos,
su clavel ululaba en mi arrebato.
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Ahora es el desvelo con su gota de agua
y su cuenta de endrinas ovejas descarriadas,
porque no viven ya en mi carne
los seis sentidos mágicos de antes,
por mi razón, sin guerra, entumecida,
y el despecho de oírte: "Siempre seré tu amiga",
para decirme así que ya no existo,
que viste tras la máscara y me hallaste vacío.
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(Fragmento de Sindbad el varado [Bitácora de febrero], en Perseo vencido)

jueves, 17 de abril de 2008

Blues

José Carlos Becerra
(Tabasco, México, 1937 - Brindisi, Italia, 1970)
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No era necesaria una nueva acometida de la soledad
para que lo supiera.
Navegaba la mar por un rumbo desconocido para mis manos.
Donde el amor moró y tuvo reino
queda ya sólo un muro que avasalla la hierba.
Queda una hoja de papel no en blanco
donde está anocheciendo.
Donde goteaban luceros una noche
sobre unos hombros limpios como verdad mostrada,
sólo queda una brisa sin destino.
Donde una mujer fundara un beso,
sólo árboles postrados al invierno.
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Y no era necesario decirlo.
El corazón sin que sea una lágrima
puede sombrear las mejillas.
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La ventana da a la tristeza.
Apoyo los codos en el pasado y, sin mirar, tu ausencia
me penetra en el pecho para lamer mi corazón.
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El aire es una mano que está hojeando mi frente.
Mi frente donde la luna es una inscripción,
una voz esculpiendo su olvido.
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Como humo la luna se levanta
de entre las ruinas del atardecer.
Es muy temprano en ese azul sin rostro.
No era necesario enturbiar la soledad
con el polvo de un beso disuelto.
No era necesario
memorizar la noche en una lágrima.
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Labios sobrecogidos de olvido,
pulsaciones de un oleaje de mar ya retirándose,
ruido de nubes que el otoño piensa.
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Hay lápices en forma de tiempo, vasos de agua
donde el anochecer flota en silencio.
Hay una rama de árbol como un brazo esculpido
por algún abandono.
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Hay miradas y cartas donde la noche
puso en marcha al vacío,
a las frentes que extinguen su remoto color
sobre letras que enlazan señales de viaje.
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Aquí está la tarde.
Puede enrolarse en ella quien esté enamorado.
Aquí está la tarde para designar una ausencia.
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Suena en mi pecho el mundo
como un árbol ganado por el viento.
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No era necesaria la tarde, tampoco este cigarro cuyo humo
puede ser otra mano evaporándose.
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Invernará la noche en mi pecho.
No era necesario saberlo.
No tiene importancia.
Espero una carta todavía no escrita
donde el olvido me nombre su heredero.
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(De Relación de los hechos, en El otoño recorre las islas).

lunes, 14 de abril de 2008

Otra noche



Elsa es una mujer sin edad. Elsa es una prostituta. Noche a noche su cuerpo cae sobre falsas camas: imposible espacio para anidar sueños. Hace muchos años fue la mujer más rica de la ciudad, la más pretendida. Hoy no habla, calla.
Elsa aprende a caminar bajo la noche, sabe los faroles, conoce las luces. Hace tiempo que su piel ignora al sol que no deja abrasarla ni entablar el antiguo romance del bronceado en las playas. Las ventas varían cada noche pues hay momentos en que el hombre no desea comprar caricias. Elsa fuma entonces, la mirada sin conexión en el mundo.
Regresa a casa y bebe hasta que el whisky hace tambalear su cuerpo no poseído. Duerme; ya no existen los sueños y el alma no se le escapa, caen juntas y el golpe se olvida siempre.
Qué guardan las calles durante el día. No sabe, no quiere; espera el regreso de la noche para salir a cazar el alimento. Vieja felina sin manada, sin cachorros.
Es la hora y el baño está listo; sólo el agua es capaz de recorrer todo su cuerpo, cada rincón. Elsa toca sus senos, son míos y de todos y de nadie… Acaso suspira, siente algo en la garganta… un nudo, acaso.
Nueva visita al espejo, la repetición de un acto mecánico. Maquillaje: la misma máscara que conocen tantos, que es besada con la misma frecuencia que tiene el segundero. Elsa. Cuál mujer es: ¿la del baño, la del espejo, la del maquillaje? ¡Cuántas noches y aún no obtiene respuesta! Pero pronto se olvida, importan más los labios rojos y un buen perfume.
Elsa es llamada por la noche, sus pasos deben ser lo suficientemente lejanos para escucharse cerca; tacones sin rumbo y con ganas de amar. El silencio es lo que más se escucha a esas horas, la ausencia se nota y ella sigue caminando, acaso con un breve recuerdo de su pasado para distraerse un poco.
Todos los hoteles son mi casa, eres bienvenido. Ecos de otras noches. No hay borrachos, ni tímidos con ansias de probar mujer por primera vez.
Elsa fuma, el viejo mandamiento: en una esquina, esperando. Pocos automóviles, pocas sombras… poco amor. Tiene paciencia, sabe su oficio y no maldice a los que no la buscan. Ella busca, abandona la esquina y comienza a caminar.
Otra vez el sonido de los tacones, y por un momento recuerda aquel sonido de las zapatillas que la invitada más codiciada llevaba puestas a los grandes salones, a esas fiestas donde los ojos del hombre tenían un mismo destino: Elsa. Todos me miran. Todos me desean.
Y hoy ella busca quien la mire, quien pueda desear a la que es ahora. Paso tras paso y un nuevo cigarro. La noche está jodida. Siempre hay una última esperanza aguardando por uno, en algún lugar.
Ha olvidado al hombre por el que perdió todo: su casa, su familia, todo. Era el mejor cliente que tenía cuando fue dueña de las mejores tiendas de ropa. Quién la recuerda, borracha todos los días después de haber sido burlada por el amante apuesto. Ella misma se llevó al abismo por una ciega obsesión.
Después, ebria consiguió su primer cliente; necesitaba dinero para seguir bebiendo, y lo único que tenía era su departamento y un cuerpo dispuesto a ser poseído en beneficio de su desesperación. Puteando me vengaré de los hombres. El inicio del nuevo oficio.
Espera, no se cansa de hacerlo. Algo debe llegar porque dos noches sin cliente sí joden. Ahí está. Alguien la mira. Quién dice que el amor cuesta caro. Frente a frente con ese hombre, Elsa habla en nombre de las que son como ella:
Quinientos y te amo. Te invito a que nos amemos esta noche, y a olvidarnos cuando salga el sol. Tú eliges mi nombre, bautízame y nómbrame cien veces si tú quieres. Soy tu mujer desde este instante, no te reprocharé nada ni te diré que cambies porque tú eres perfecto. Vamos a darnos todo el amor que tenemos dentro.
Quinientos pesos de caricias, de labios, de piel. Quinientos pesos de amor. Mercado ambulante que es, siempre, Elsa.
Se dan la mano igual a los que se aman. Inician la marcha, sonriendo. Entran en un pequeño hotel. Los nervios no existen porque están prohibidos; la cama espera sin saber a quién acogerá. Todo es permitido bajo la noche del amor. La caída de las prendas, los ojos de Elsa no dicen todo su desprecio porque ella no odia en su oficio. El hombre tiene el poder porque ha pagado, nada importa la mujer que hay dentro de Elsa. Ambos cumplen su acto y todo cambia, el amor acaba: Se terminó tu tiempo, mi amor, ya no puedes besarme. Hasta nunca…
Quinientos más la propina por el buen amor. Elsa sonríe un poco e inicia el camino a su departamento. Tiene el día planeado, igual que los otros días, su rutina: al mediodía estará tirada sobre su fina alfombra, perdida en el alcohol, y cuando despierte, a las nueve, tendrá prisa por arreglarse para otra noche de amor.

viernes, 11 de abril de 2008

Muerte de ti

Fundador de la calle vacía,
voy por ella como iba por tu cuerpo
y quisiera desprenderme del llanto
para olvidar el nombre de la rosa.

Pero te repito, Chris, toda la noche,
y rebotas –eco doloroso– entre las paredes
hasta clavarte en el corazón de mi angustia,
entonces eres la constancia de mi pena.

Sueño en ruinas, Muerte sin fin:
también soy un sitiado en mi piel.
Extraño pesar que avasalla mi calma,
no la mata y sus alas apenas si se mueven.

Qué rostro tan tuyo el que me persigue,
fatalidad del silencio que calcina,
que hiere y casi asfixia
si dejo entumecer mi maltratado cuerpo.

Sueño en ruinas, vestigio de mi dicha;
el rostro de ti, derruido en mí, por ti,
por haber sido tú la patria de mi fe,
la casa donde entraba al amor.

Pero el rostro de ti ya no es el mío,
hay un gesto que te reclama mi muerte,
el ritual de los olvidados para siempre
bajo la sombra de los almendros.

Y es una muerte que encuentra en la burla
esa manera de vengarse de mí:
me llama –llena de silencio y sin luz–
y al llegar sólo escucho el eco de su risa.

Muerte burlona, me retiene en el dolor,
en la miseria del tiempo sin ti.
Que la tumba sea mi casa, mi refugio;
que mi memoria se apodere de otro cuerpo.

Y sin embargo solo, yo, sólo yo
ante esta soledad tan abandonada,
tan concurrida al abrir mis ojos
y dejar en el sueño mi única esperanza.

Volver a verte, Chris, volver a verte;
romper la puta cadena de mi angustia,
amurallar este cuerpo con tus manos
para ser dentro el que vuelva a sonreír.

martes, 8 de abril de 2008

Hijos de Baco

A los borrachos de la UAEM

Elevamos las copas al cielo
para brindar por el ansia de la vida,
y es un cristal que memoriza el cuerpo
donde se ve el reflejo de los días.

Vino que has de beber déjalo correr,
en tu sangre hallará su bienvenida,
el refugio de los que aman de más
y nunca fueron tomados en cuenta.

Alguien convirtió el agua en esperanza,
desde entonces somos feligreses,
tambaleantes sombras sin tiempo
que buscamos la entrada al paraíso.

Congregación, llagados de la fe,
somos los que están deseando el vaso,
la hora en que reviente su cuerpo
para que su sangre nos atraviese la garganta.

Hermanos, epidermis derrotadas,
el amor es un constante morirnos;
pero hemos de mantenernos en la cima:
desde allí resurgirá nuestra cordura.