lunes, 31 de marzo de 2008

Llagado de mi sombra

Llagado de mi sombra, muerto de mí,
escurrido el rencor de los olvidos
voy cabeza abajo por el mundo.

Tatuado de sangre todo el cuerpo,
herida fugaz, mas constante,
me rompo cuando el frío me penetra.

Solo, preso eterno de mis huesos,
soy el que sueña con estar soñando,
del que no saben ni los días.

Yermo todo del corazón,
me cuelgo una esperanza en la mirada
pero mi sonrisa muerta me delata.

Agua de sal: tapiz de mí,
olor de amargo llanto
el sudor que transpiro.

Sed insaciable mas carecer de boca,
morir cada minuto en el intento
hasta reventar una a una mis venas.

Vacío el corazón del corazón,
rota la fuente de mi fe
por salirme de mí sin tropezarme.

jueves, 20 de marzo de 2008

Cotidiana angustia

De vez en cuando me oculto en el pasado
a la sombra de un recuerdo burlón.
La memoria es un juego de dos:
uno que ya no existe y otro que sobrevive,
que se gasta las manos moldeando palabras.

Tu recuerdo es un refugio en el abandono,
ojos ciegos frente a la luz.
Sucede que me canso de estar vivo,
de caminar sin más rumbo que el olvido;
comienzo a sospechar que ya estoy viejo.

Estoy muy lejos de volver a sonreír,
de tener un motivo que me lleve al movimiento;
estoy muy lejos de no hallarme solo,
tumbado y ebrio a la sombra de tu nombre.
Estoy llagado de tu ausencia, crucificado.

Espero en la caída una esperanza,
un renacer de hombre verdadero
ausente en todo él el frío miedo.
¿De qué se nutre tu ausencia?
¿Cómo hago para no enfurecerla?
Llorar y caminar me complementan,
soy como un perro perdido en la ciudad,
temeroso de la gente y de los autos.
Me duele el viento rozando mi rostro,
la tarde mostrando mi tristeza.

¿Qué hago? ¿Hacia dónde camino?
Respiro pero mi corazón se ha detenido:
la tregua de mis latidos forma parte de tu olvido.
Me asomo hacia la tarde y no te encuentro:
¿dónde pongo las miradas que no te di?

Ya viene la noche y con ella el grito,
ese enfrentarme con los fantasmas de tu cuerpo,
esas batallas que me exprimen la sangre
hasta dejarme apenas convertido en mis huesos.
Se acerca ya la noche.

Aquí está la primera lágrima.

domingo, 9 de marzo de 2008

Primer Informe de Tu Ausencia


Cuando te perdí (no sé cuándo fue), aún me llamaba a mí mismo Presidente de la República de Tu Cuerpo. A quién sabe cuántos días de tu No-Presencia en mi vida, he decidido dar a conocer algunos resultados en este Primer Informe de Tu Ausencia:

Después de ti queda la noche, una mirada en algún oscuro cuarto, una hoguera apenas frágil. Y es que después de ti el corazón es sólo una palabra que ya no existe. Hay momentos en los que quiero sonreír, pero los labios ya no dan para tanto, sólo se entreabren para exhalar el humo de los cigarros.
Después de ti mis manos son dos áridos terrenos, dos pedazos de nada donde alguna vez se sembraron sueños de poseer las tuyas. Sólo queda la ausencia tras haber visto tu partida, vestida de blanco, hacia otros senderos donde mis pasos ya eran ceniza, polvo de olvido.
Cuando miro el espejo, de frente, veo unas ruinas que me hablan de un sitio donde alguna vez se fundara un imperio. Quedan sólo vestigios ahora que ya no estás tú, gobernando con tu sola presencia.
La tarde es un sitio muy vacío sin tu mirada, sin esa sonrisa que daba luz al crepúsculo donde las aves reían de contento.
Hay noches en las que el viento se acerca a mí, me contempla, y después de ver la condición en la que me hallo, se marcha; pero también sabe de la compasión y me trae consigo fragmentos de tu fragancia. La memoria de mi olfato me da entonces algo de vida, motivos de ti para no caer desde mi ventana.
Cierro los ojos y te veo, los abro y no estás… los vuelvo a cerrar. Las trampas que la nostalgia me tiende llevan a mis ojos dos hilos de agua.
Tengo miedo de salir a la calle, de ver tu rostro en todas las mujeres que encuentre a mi paso, y al acercarme, notar que no estás en ninguna de ellas.
Me da miedo escribir tu nombre; siempre lo hago, pero me da miedo volver a escribirlo, terminarlo y darme cuenta de que se borra con el último trazo, como si el papel o la tinta de alguna forma te negaran.
Hay mañanas en que mi cuarto amanece inundado: acaso sea la lluvia la que se mete por mi ventana, o quizás es el llanto que se me escapa sin darme cuenta mientras duermo. Me vuelvo náufrago entonces, olvido que no sé nadar y la desesperación se vuelve contra mí. La fe se aparta de mi lado, estoy jodido en esa acuática hora, la agonía de mi esperanza se me viene y ya nada hago sino repetir tu nombre, tratando de morirme con un poco de ti.
Tiembla mi voz tras cada letra de tu nombre pronunciada, y un eco se ampara de mi tristeza. Entonces mis ojos vuelven a cerrarse para luego abrirse y hallar mis restos debajo de la cama, sin una gota de agua ya inundándome. Esa tregua del llanto me da la calma para volver a respirar y descubrirme en medio de un suspiro heredado de mi pasado, de ese tiempo donde sonreír formaba parte de mi rostro y la palabra “angustia” era la más lejana de todas; hoy es mi realidad.
¿Qué me queda después de ti?
Después de ti queda el silencio para designarme tu ausencia.