sábado, 7 de junio de 2008

En busca del olvido

–Pero ya es muy tarde para seguir con esto.
–El reloj siempre marca las mismas horas. No te apures mucho por el tiempo, a ése ni le importas, te lo aseguro.
–Quién sabe…
–¿Y el olvido?
–¿Cuál olvido?
–El tuyo, el mío, el de toda la gente. Cada persona tiene su olvido, pienso yo.
–Estás loco…
Uno de los dos hombres ya no quería seguir tomando y el otro sí. Eran compadres y amigos desde que estaban niños. Ya llevaban varias botellas y el cantinero los veía con ganas de marcharse hacía rato.
–Nos van a echar de aquí, mejor ya vámonos, compadre.
–¿A tu casa o a la mía?
–A dormir, no me siento con ánimos de seguirle; ya estoy muy borracho.
Tomaban cuando se veían –por lo menos una vez al mes– y casi siempre paraban cuando los sorprendía el sol. Pero esa noche uno de ellos ya no quería seguir la parranda.
–Una botella más y nos vamos a dormir, pues.
–Nada, hombre; me caigo de sueño.
–Ya vete entonces, yo me voy a quedar otro rato.
El hombre le hizo caso y salió sin pensarlo dos veces. El otro estuvo sentado algunos minutos, callado e inmóvil, y daba la impresión de haberse dormido. Llegó el cantinero hasta el lugar del borracho y le golpeó levemente la espalda; éste se sobresaltó y volteó hacia todos los lados: era el último cliente e hizo un movimiento de negación con la cabeza. Luego pidió la cuenta y sacó varios billetes de la bolsa de su camisa. Comenzó a tomar mientras preguntaba al cantinero si quería ir a emborracharse con él; aquél dijo que no y al recibir el dinero se alejó.
–Me voy a donde haya hombres porque aquí puras “mariquitas” –dijo, después empinó hasta el fondo lo que quedaba en su vaso.
Salió de la cantina tambaleándose y afuera todo era negro. No supo qué dirección tomar y caminó sólo por no quedarse parado. Su casa no estaba muy lejos del lugar pero no se acordó dónde y tomó otro camino. Iba pensando en seguir la borrachera y no se dio cuenta de que ya había agarrado el camino para el campo. De pronto, se detuvo y no sabía en dónde estaba. Miró a los cuatro vientos y nada: todo era noche, sin una sola luz cerca ni lejos.
–Ah, diablo cabrón, dónde me trajiste –expresó, moviendo la cabeza.
Volvió a caminar y todas las copas que llevaba encima no impidieron que comenzara a sentir frío. Abrazó su cuerpo, avanzó, más adelante tropezó con una piedra que no vio y cayó al piso. “Qué jodido ando”, pensó y levantó la vista, todavía tirado. En ese momento vio un punto rojo que poco a poco iba acercándose a él. Abrió más los ojos, se los talló varias veces para intentar ver de lo que se trataba, y de entre lo oscuro alcanzó a escuchar, con voz gruesa y seria, a un hombre que le decía:
–Ay, mi amigo, levántese; el piso no es buen colchón. Déjeme ayudarlo, vea nomás cómo lo dejó el trago –y soltó una gran bocanada del humo de su cigarro.
–No, lo que pasa es que me tiró la piedra, no el trago.
El otro le ayudó a levantarse y lo agarró hasta que se pudo sostener.
–Oiga usted –preguntó el borracho–, ¿y cómo supo que yo estaba en el piso si por este rumbo no se ve nada?
–Ya ve, mi amigo, uno tiene sus atributos: buena vista me cargo yo.
–Está bien, pero yo ya me estoy secando, ¿sabe? Quiero otro trago.
–Más adelante tengo mi casa, si usted gusta puedo invitarle un traguito.
–Caminemos, pues, seguro que lo acepto.
Los dos iniciaron el camino y en el trayecto no cruzaron palabra alguna, sólo cuando el borracho pidió un cigarro al acompañante pues el frío aumentaba cada vez más.
–Ya llegamos, pase usted primero; pero eso sí, me va a disculpar mucho la oscuridad, se me acabaron las velas y la leña.
–No tenga cuidado, para esto ni se necesita luz.
Se escuchó como que arrastraban dos sillas, luego que chocaban una botella con un vaso. El borracho se animó con ese sonido y frotó sus manos por el gusto. Minutos después, sintió sobre su espalda el peso y calor de una cobija que le puso su anfitrión; éste le dijo:
–Para el frío, sentí su temblorina en el camino.
–Se lo agradezco… ¿cómo se llama usted?
–Pascual, para servirle, mi amigo.
–Igual que mi compadre, al menos no me voy a equivocar de nombre al llamarlo, ya ve, sin luz y habiendo estado buenas horas con él, tal vez creyera que seguimos juntos.
–Ya veo… Qué rajón le salió el compadre, ¿verdad?
–Sí, pero cómo sabe usted que él se fue.
–Yo también estuve un rato en la cantina, en la tarde; ahí los vi, y pues estando usted solo, llegué a pensar eso.
–Vaya. ¿Y aquí ha vivido siempre?
–Aquí, allá, más allá, en todos lados, mi amigo; pero ya no sea tan preguntón y tómele al vaso. Tengo más botellas guardadas, no se preocupe por que se vaya a terminar.
Ya habían pasado acaso dos horas desde que se encontraron en el camino. El borracho lo estaba aún más mientras que el otro guardaba silencio. La luna todavía era brillosa y elevada, en el cielo.
–Uno tiene su olvido, ¿verdad? –preguntó el dueño de la casa.
–Siempre… –contestó el otro, casi sin fuerza.
–Pero llega con los años, no de repente, creo yo; no se preocupe mucho.
–Sí… –respondió el borracho y en ese momento cayó al piso, provocando un sonido seco.
El que lo invitó puso su vaso en la mesita y salió de la casa. Caminó y atrás dejó al otro.
Al siguiente día, temprano, los hombres que pasaban rumbo al campo, encima sus caballos unos y caminando otros, vieron a un hombre tirado junto al solitario camino, inmóvil y hecho bola.

martes, 3 de junio de 2008

Huele a tierra mojada

–Estás loco, huele a noche, a canto de grillos. De seguro vienes tomando y ya estás borracho.
La esposa regaña al marido que la sigue, caminando. Ella va montada sobre un caballo, con el pequeño hijo en los brazos. Van hacia la ciudad porque al hombre le ofrecieron buen trabajo los ricos que a veces van al pueblo en busca de gente para emplear.
–Te digo que huele a tierra mojada, mujer; pero nada me crees.
–Mejor cállate y emparéjanos. Has de traer tu botella escondida, por eso vienes atrás; una no gana para corajes contigo.
–No vengo tomando, dije que no iba a tomar en un buen tiempo; me lo dije a mí, solo, mientras tú dormías con mi niño una noche. Y si vengo aquí es para cuidar que no se caiga nada.
Es plena madrugada y apenas se ven ellos. Se escuchan los grillos. Sienten a veces que los grandes árboles los vigilan. El hijo duerme, el paso lento del caballo le sirve de arrullo.
–Huele a tierra mojada, de veras huele.
–Ya cállate, vas a despertar al niño.
–No te enojes, uno tiene sus presentimientos. Tú no me crees, no te culpo, pero no tires mi olor a ningún lado; de veras me llega un olor a eso que te digo.
Silencio… Cinco, diez minutos. Contesta luego la mujer:
–No huelo a nada; mira cómo está de limpio el cielo, mira qué estrellas. Todavía debe faltar mucho camino para llegar a la ciudad. ¿Quieres descansar?
–No. Lo que quiero es quitarme este olor que traigo desde que salimos del pueblo.
Prende un cigarro para no sentir frío. Extraña su trago de aguardiente. Lleva enteras las esperanzas en la ciudad, le han dicho que allá se gana buen dinero, eso lo animó a dejar el pueblo porque quiere que su hijo crezca como hombre de bien y sin carencias. Atrás queda la casita, el campo, va con ganas de comenzar a trabajar para iniciar su sueño.
–Ya no te enojes, mujer. ¿Cómo ves al niño?
–Bien, todavía está dormido. Ya no me enojo, pues.
Se enamoró de ella en la placita, por sus ojos fuertes y sinceros, por su trenza larga, larga. Le dijo que tenía ganas de columpiar su amor en ese cabello tan largo y ella sonrió. La acompañó a su casa y ya no se lo quitó de encima: la convenció una buena tarde para el matrimonio.
Van para la ciudad. Allá les darán casas grandes para cuidar mientras los señores salen de viaje, son ya unas ocho casas seguras. Lo recomendaron por honesto.
–¿Tienes frío? Tapa bien al niño.
–No tengo. Viene bien tapado; ¿y tú tienes?
–Algo, es por el aire que me da en la cara.
–Te digo que estás loco, no hace nada de aire.
Es poco el viento, pero sí es frío. Ella está bien abrigada, todo el cuerpo, sólo tiene los ojos descubiertos, por eso no siente frío ni el aire. No se da cuenta.
Avanzan. Falta mucho para que lleguen, acaso dos horas.
–¿Ya viste tu cielo estrellado, mentirosa?
–Hace un rato sí había estrellas, muchas.
Gris. Gris de diferentes tonos. Huele a tierra mojada.
–Ahora sí ya me llegó el olor.
–Te dije desde hace un rato pero no me quisiste creer. Reza para que no nos llueva.
Presentimientos. Pocas veces éstos son errados, se sabe por una cosa en el cuerpo que va a ocurrir algo.
Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. El hombre y la mujer se persignan. Qué pesada es así la oscuridad y qué insoportable el silencio. Se guardan las palabras por el temor.
–¿Y ahora qué hacemos?
–No sé…
Temor. Llueve más, pesan las gotas. Se va cayendo el cielo mientras el niño llora. Gritos hondos taladran los oídos. Truenos. Aire. Miedo. Un rayo partió un árbol delante de ellos, el caballo se espantó, por eso reparó. La madre cayó con su hijo. El hombre se acerca y queda tendido a un lado de ellos. Las lágrimas llenaron de sueño sus ojos.

Calma. Ahora hay calma, en la mañana. Despierta el hombre y se acerca a sus difuntos; abraza al niño y besa el rostro de su mujer, la mira, le dice:
–Y tú no me creíste que olía a tierra mojada…
Se queda llorando, viendo con rabia a su caballo.

martes, 22 de abril de 2008

Día nueve, LLAGADO DE SU DESAMOR


Gilberto Owen
(El Rosario, Sinaloa, Méx., 1904-Filadelfia, EE. UU., 1952)
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Hoy me quito la máscara y me miras vacío
y ves en mis paredes los trozos de papel no desteñido
donde habitaban tus retratos,
y arriba ves las cicatrices de sus clavos.
.
De aquel rincón manaba el chorro de los ecos,
aquí abría su puerta a dos fantasmas el espejo,
allí crujió la grávida cama de los suplicios,
por allá entraba el sol a redimirnos.
.
Iba la voz sonámbula del pecho combo al pecho,
sin tenerse a clamar en el desierto;
ahora la ves, quemada y sin audiencia,
esparcir sus cenizas por la arena.
.
Iba la luz jugando de tus dientes a mis ojos,
su llamarada negra te subía de los hombros,
se desmayaba en sus deliquios en tus manos,
su clavel ululaba en mi arrebato.
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Ahora es el desvelo con su gota de agua
y su cuenta de endrinas ovejas descarriadas,
porque no viven ya en mi carne
los seis sentidos mágicos de antes,
por mi razón, sin guerra, entumecida,
y el despecho de oírte: "Siempre seré tu amiga",
para decirme así que ya no existo,
que viste tras la máscara y me hallaste vacío.
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(Fragmento de Sindbad el varado [Bitácora de febrero], en Perseo vencido)

jueves, 17 de abril de 2008

Blues

José Carlos Becerra
(Tabasco, México, 1937 - Brindisi, Italia, 1970)
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No era necesaria una nueva acometida de la soledad
para que lo supiera.
Navegaba la mar por un rumbo desconocido para mis manos.
Donde el amor moró y tuvo reino
queda ya sólo un muro que avasalla la hierba.
Queda una hoja de papel no en blanco
donde está anocheciendo.
Donde goteaban luceros una noche
sobre unos hombros limpios como verdad mostrada,
sólo queda una brisa sin destino.
Donde una mujer fundara un beso,
sólo árboles postrados al invierno.
.
Y no era necesario decirlo.
El corazón sin que sea una lágrima
puede sombrear las mejillas.
.
La ventana da a la tristeza.
Apoyo los codos en el pasado y, sin mirar, tu ausencia
me penetra en el pecho para lamer mi corazón.
.
El aire es una mano que está hojeando mi frente.
Mi frente donde la luna es una inscripción,
una voz esculpiendo su olvido.
.
Como humo la luna se levanta
de entre las ruinas del atardecer.
Es muy temprano en ese azul sin rostro.
No era necesario enturbiar la soledad
con el polvo de un beso disuelto.
No era necesario
memorizar la noche en una lágrima.
.
Labios sobrecogidos de olvido,
pulsaciones de un oleaje de mar ya retirándose,
ruido de nubes que el otoño piensa.
.
Hay lápices en forma de tiempo, vasos de agua
donde el anochecer flota en silencio.
Hay una rama de árbol como un brazo esculpido
por algún abandono.
.
Hay miradas y cartas donde la noche
puso en marcha al vacío,
a las frentes que extinguen su remoto color
sobre letras que enlazan señales de viaje.
.
Aquí está la tarde.
Puede enrolarse en ella quien esté enamorado.
Aquí está la tarde para designar una ausencia.
.
Suena en mi pecho el mundo
como un árbol ganado por el viento.
.
No era necesaria la tarde, tampoco este cigarro cuyo humo
puede ser otra mano evaporándose.
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Invernará la noche en mi pecho.
No era necesario saberlo.
No tiene importancia.
Espero una carta todavía no escrita
donde el olvido me nombre su heredero.
.
(De Relación de los hechos, en El otoño recorre las islas).

lunes, 14 de abril de 2008

Otra noche



Elsa es una mujer sin edad. Elsa es una prostituta. Noche a noche su cuerpo cae sobre falsas camas: imposible espacio para anidar sueños. Hace muchos años fue la mujer más rica de la ciudad, la más pretendida. Hoy no habla, calla.
Elsa aprende a caminar bajo la noche, sabe los faroles, conoce las luces. Hace tiempo que su piel ignora al sol que no deja abrasarla ni entablar el antiguo romance del bronceado en las playas. Las ventas varían cada noche pues hay momentos en que el hombre no desea comprar caricias. Elsa fuma entonces, la mirada sin conexión en el mundo.
Regresa a casa y bebe hasta que el whisky hace tambalear su cuerpo no poseído. Duerme; ya no existen los sueños y el alma no se le escapa, caen juntas y el golpe se olvida siempre.
Qué guardan las calles durante el día. No sabe, no quiere; espera el regreso de la noche para salir a cazar el alimento. Vieja felina sin manada, sin cachorros.
Es la hora y el baño está listo; sólo el agua es capaz de recorrer todo su cuerpo, cada rincón. Elsa toca sus senos, son míos y de todos y de nadie… Acaso suspira, siente algo en la garganta… un nudo, acaso.
Nueva visita al espejo, la repetición de un acto mecánico. Maquillaje: la misma máscara que conocen tantos, que es besada con la misma frecuencia que tiene el segundero. Elsa. Cuál mujer es: ¿la del baño, la del espejo, la del maquillaje? ¡Cuántas noches y aún no obtiene respuesta! Pero pronto se olvida, importan más los labios rojos y un buen perfume.
Elsa es llamada por la noche, sus pasos deben ser lo suficientemente lejanos para escucharse cerca; tacones sin rumbo y con ganas de amar. El silencio es lo que más se escucha a esas horas, la ausencia se nota y ella sigue caminando, acaso con un breve recuerdo de su pasado para distraerse un poco.
Todos los hoteles son mi casa, eres bienvenido. Ecos de otras noches. No hay borrachos, ni tímidos con ansias de probar mujer por primera vez.
Elsa fuma, el viejo mandamiento: en una esquina, esperando. Pocos automóviles, pocas sombras… poco amor. Tiene paciencia, sabe su oficio y no maldice a los que no la buscan. Ella busca, abandona la esquina y comienza a caminar.
Otra vez el sonido de los tacones, y por un momento recuerda aquel sonido de las zapatillas que la invitada más codiciada llevaba puestas a los grandes salones, a esas fiestas donde los ojos del hombre tenían un mismo destino: Elsa. Todos me miran. Todos me desean.
Y hoy ella busca quien la mire, quien pueda desear a la que es ahora. Paso tras paso y un nuevo cigarro. La noche está jodida. Siempre hay una última esperanza aguardando por uno, en algún lugar.
Ha olvidado al hombre por el que perdió todo: su casa, su familia, todo. Era el mejor cliente que tenía cuando fue dueña de las mejores tiendas de ropa. Quién la recuerda, borracha todos los días después de haber sido burlada por el amante apuesto. Ella misma se llevó al abismo por una ciega obsesión.
Después, ebria consiguió su primer cliente; necesitaba dinero para seguir bebiendo, y lo único que tenía era su departamento y un cuerpo dispuesto a ser poseído en beneficio de su desesperación. Puteando me vengaré de los hombres. El inicio del nuevo oficio.
Espera, no se cansa de hacerlo. Algo debe llegar porque dos noches sin cliente sí joden. Ahí está. Alguien la mira. Quién dice que el amor cuesta caro. Frente a frente con ese hombre, Elsa habla en nombre de las que son como ella:
Quinientos y te amo. Te invito a que nos amemos esta noche, y a olvidarnos cuando salga el sol. Tú eliges mi nombre, bautízame y nómbrame cien veces si tú quieres. Soy tu mujer desde este instante, no te reprocharé nada ni te diré que cambies porque tú eres perfecto. Vamos a darnos todo el amor que tenemos dentro.
Quinientos pesos de caricias, de labios, de piel. Quinientos pesos de amor. Mercado ambulante que es, siempre, Elsa.
Se dan la mano igual a los que se aman. Inician la marcha, sonriendo. Entran en un pequeño hotel. Los nervios no existen porque están prohibidos; la cama espera sin saber a quién acogerá. Todo es permitido bajo la noche del amor. La caída de las prendas, los ojos de Elsa no dicen todo su desprecio porque ella no odia en su oficio. El hombre tiene el poder porque ha pagado, nada importa la mujer que hay dentro de Elsa. Ambos cumplen su acto y todo cambia, el amor acaba: Se terminó tu tiempo, mi amor, ya no puedes besarme. Hasta nunca…
Quinientos más la propina por el buen amor. Elsa sonríe un poco e inicia el camino a su departamento. Tiene el día planeado, igual que los otros días, su rutina: al mediodía estará tirada sobre su fina alfombra, perdida en el alcohol, y cuando despierte, a las nueve, tendrá prisa por arreglarse para otra noche de amor.

viernes, 11 de abril de 2008

Muerte de ti

Fundador de la calle vacía,
voy por ella como iba por tu cuerpo
y quisiera desprenderme del llanto
para olvidar el nombre de la rosa.

Pero te repito, Chris, toda la noche,
y rebotas –eco doloroso– entre las paredes
hasta clavarte en el corazón de mi angustia,
entonces eres la constancia de mi pena.

Sueño en ruinas, Muerte sin fin:
también soy un sitiado en mi piel.
Extraño pesar que avasalla mi calma,
no la mata y sus alas apenas si se mueven.

Qué rostro tan tuyo el que me persigue,
fatalidad del silencio que calcina,
que hiere y casi asfixia
si dejo entumecer mi maltratado cuerpo.

Sueño en ruinas, vestigio de mi dicha;
el rostro de ti, derruido en mí, por ti,
por haber sido tú la patria de mi fe,
la casa donde entraba al amor.

Pero el rostro de ti ya no es el mío,
hay un gesto que te reclama mi muerte,
el ritual de los olvidados para siempre
bajo la sombra de los almendros.

Y es una muerte que encuentra en la burla
esa manera de vengarse de mí:
me llama –llena de silencio y sin luz–
y al llegar sólo escucho el eco de su risa.

Muerte burlona, me retiene en el dolor,
en la miseria del tiempo sin ti.
Que la tumba sea mi casa, mi refugio;
que mi memoria se apodere de otro cuerpo.

Y sin embargo solo, yo, sólo yo
ante esta soledad tan abandonada,
tan concurrida al abrir mis ojos
y dejar en el sueño mi única esperanza.

Volver a verte, Chris, volver a verte;
romper la puta cadena de mi angustia,
amurallar este cuerpo con tus manos
para ser dentro el que vuelva a sonreír.

martes, 8 de abril de 2008

Hijos de Baco

A los borrachos de la UAEM

Elevamos las copas al cielo
para brindar por el ansia de la vida,
y es un cristal que memoriza el cuerpo
donde se ve el reflejo de los días.

Vino que has de beber déjalo correr,
en tu sangre hallará su bienvenida,
el refugio de los que aman de más
y nunca fueron tomados en cuenta.

Alguien convirtió el agua en esperanza,
desde entonces somos feligreses,
tambaleantes sombras sin tiempo
que buscamos la entrada al paraíso.

Congregación, llagados de la fe,
somos los que están deseando el vaso,
la hora en que reviente su cuerpo
para que su sangre nos atraviese la garganta.

Hermanos, epidermis derrotadas,
el amor es un constante morirnos;
pero hemos de mantenernos en la cima:
desde allí resurgirá nuestra cordura.

lunes, 31 de marzo de 2008

Llagado de mi sombra

Llagado de mi sombra, muerto de mí,
escurrido el rencor de los olvidos
voy cabeza abajo por el mundo.

Tatuado de sangre todo el cuerpo,
herida fugaz, mas constante,
me rompo cuando el frío me penetra.

Solo, preso eterno de mis huesos,
soy el que sueña con estar soñando,
del que no saben ni los días.

Yermo todo del corazón,
me cuelgo una esperanza en la mirada
pero mi sonrisa muerta me delata.

Agua de sal: tapiz de mí,
olor de amargo llanto
el sudor que transpiro.

Sed insaciable mas carecer de boca,
morir cada minuto en el intento
hasta reventar una a una mis venas.

Vacío el corazón del corazón,
rota la fuente de mi fe
por salirme de mí sin tropezarme.

jueves, 20 de marzo de 2008

Cotidiana angustia

De vez en cuando me oculto en el pasado
a la sombra de un recuerdo burlón.
La memoria es un juego de dos:
uno que ya no existe y otro que sobrevive,
que se gasta las manos moldeando palabras.

Tu recuerdo es un refugio en el abandono,
ojos ciegos frente a la luz.
Sucede que me canso de estar vivo,
de caminar sin más rumbo que el olvido;
comienzo a sospechar que ya estoy viejo.

Estoy muy lejos de volver a sonreír,
de tener un motivo que me lleve al movimiento;
estoy muy lejos de no hallarme solo,
tumbado y ebrio a la sombra de tu nombre.
Estoy llagado de tu ausencia, crucificado.

Espero en la caída una esperanza,
un renacer de hombre verdadero
ausente en todo él el frío miedo.
¿De qué se nutre tu ausencia?
¿Cómo hago para no enfurecerla?
Llorar y caminar me complementan,
soy como un perro perdido en la ciudad,
temeroso de la gente y de los autos.
Me duele el viento rozando mi rostro,
la tarde mostrando mi tristeza.

¿Qué hago? ¿Hacia dónde camino?
Respiro pero mi corazón se ha detenido:
la tregua de mis latidos forma parte de tu olvido.
Me asomo hacia la tarde y no te encuentro:
¿dónde pongo las miradas que no te di?

Ya viene la noche y con ella el grito,
ese enfrentarme con los fantasmas de tu cuerpo,
esas batallas que me exprimen la sangre
hasta dejarme apenas convertido en mis huesos.
Se acerca ya la noche.

Aquí está la primera lágrima.

domingo, 9 de marzo de 2008

Primer Informe de Tu Ausencia


Cuando te perdí (no sé cuándo fue), aún me llamaba a mí mismo Presidente de la República de Tu Cuerpo. A quién sabe cuántos días de tu No-Presencia en mi vida, he decidido dar a conocer algunos resultados en este Primer Informe de Tu Ausencia:

Después de ti queda la noche, una mirada en algún oscuro cuarto, una hoguera apenas frágil. Y es que después de ti el corazón es sólo una palabra que ya no existe. Hay momentos en los que quiero sonreír, pero los labios ya no dan para tanto, sólo se entreabren para exhalar el humo de los cigarros.
Después de ti mis manos son dos áridos terrenos, dos pedazos de nada donde alguna vez se sembraron sueños de poseer las tuyas. Sólo queda la ausencia tras haber visto tu partida, vestida de blanco, hacia otros senderos donde mis pasos ya eran ceniza, polvo de olvido.
Cuando miro el espejo, de frente, veo unas ruinas que me hablan de un sitio donde alguna vez se fundara un imperio. Quedan sólo vestigios ahora que ya no estás tú, gobernando con tu sola presencia.
La tarde es un sitio muy vacío sin tu mirada, sin esa sonrisa que daba luz al crepúsculo donde las aves reían de contento.
Hay noches en las que el viento se acerca a mí, me contempla, y después de ver la condición en la que me hallo, se marcha; pero también sabe de la compasión y me trae consigo fragmentos de tu fragancia. La memoria de mi olfato me da entonces algo de vida, motivos de ti para no caer desde mi ventana.
Cierro los ojos y te veo, los abro y no estás… los vuelvo a cerrar. Las trampas que la nostalgia me tiende llevan a mis ojos dos hilos de agua.
Tengo miedo de salir a la calle, de ver tu rostro en todas las mujeres que encuentre a mi paso, y al acercarme, notar que no estás en ninguna de ellas.
Me da miedo escribir tu nombre; siempre lo hago, pero me da miedo volver a escribirlo, terminarlo y darme cuenta de que se borra con el último trazo, como si el papel o la tinta de alguna forma te negaran.
Hay mañanas en que mi cuarto amanece inundado: acaso sea la lluvia la que se mete por mi ventana, o quizás es el llanto que se me escapa sin darme cuenta mientras duermo. Me vuelvo náufrago entonces, olvido que no sé nadar y la desesperación se vuelve contra mí. La fe se aparta de mi lado, estoy jodido en esa acuática hora, la agonía de mi esperanza se me viene y ya nada hago sino repetir tu nombre, tratando de morirme con un poco de ti.
Tiembla mi voz tras cada letra de tu nombre pronunciada, y un eco se ampara de mi tristeza. Entonces mis ojos vuelven a cerrarse para luego abrirse y hallar mis restos debajo de la cama, sin una gota de agua ya inundándome. Esa tregua del llanto me da la calma para volver a respirar y descubrirme en medio de un suspiro heredado de mi pasado, de ese tiempo donde sonreír formaba parte de mi rostro y la palabra “angustia” era la más lejana de todas; hoy es mi realidad.
¿Qué me queda después de ti?
Después de ti queda el silencio para designarme tu ausencia.

lunes, 28 de enero de 2008

De la tarde del reencuentro...


Tan blanca es que parece de la espuma,
cuerpo de luz iniciado en el cielo,
estampa de una virgen malherida.,
reconozco en su tacto mi esperanza,
al cadáver de mis lamentaciones.

Sólo del tiempo quedaron cenizas,
antiguos rencores castigados
cuando el brillo de sus ojos se hizo
hacia mí, y me quedé ciego de verla.
Ella sabe convertirme en esclavo.

Nuestros años son polvo entre sus manos,
edades que nos hablaron del tiempo
donde la esperanza nos cobijaba.
Ojos de sal, mirada de huracán
que arrasa con quien se pone a su paso.

Tan blanca es que parece de la espuma,
calma de los que están desamparados
y buscan en el cielo su consuelo.
Es agua de océano recién nacida:
en ella lavan los hombres sus culpas.

lunes, 21 de enero de 2008

Mujer y yo


Ella indolente no espera su muerte,
es un aleteo de la vieja gaviota.
Su cuerpo es piedra de llanto
que rueda por la montaña virgen.
Qué sola está su soledad sin ella
que cae siempre al otro lado del mar.

Ella protegida por el océano
se vuelve ola y muere en la rutina,
pero no deja de existir porque regresa
siempre vestida con otra espuma:
revive en la sal y se hace playa.

Ella heredera de la piel del sol,
brilla debajo de todos los cielos
y anda por el mundo volando vientos:
nota quebrada de música ausente.

Sirena indolente la protegida heredera,
ella no sabe morir a tiempo
ni cantar el amanecer de las noches.
No sabe qué sola quedó su ausencia
en este cementerio de recuerdos
en que me he convertido por ella.

jueves, 17 de enero de 2008

Destino


He aprendido a descubrir tu rostro, cada noche, y digo que soy una muestra fiel de la soledad. Esta madrugada es inquieta, se mueve con el viento, con el reloj.
Avanzo a ti como si nunca hubiera abierto los ojos: cansado de pasear por la sala, camino hacia mi habitación oscura. Recuerdo tus pasos, te imito y una ola de angustias me dejan sin movimiento.
“¿Cuándo vendrás a mí, cuándo?” Le pregunto al único retrato tuyo que me dejaste.
Silencio.
Herido del pensamiento trato de mirar. El viento juega conmigo a encontrarte detrás de las cortinas: corro, y al llegar, mi abrazo se queda solo, con un montón de tela enredada en mis manos.
Caigo de rodillas, para qué llorar si mañana ocurrirá lo mismo.

martes, 15 de enero de 2008

Recuento de mi estancia en Morelia


Tengo los zapatos llenos de polvo, soy un mugrero en movimiento. Mi casa está a seis horas de aquí y me da miedo regresar. Soy el que mantiene sus ojos empapados, el que habla todo el día con el viento; soy el que vino a cosechar una esperanza y que a su vez encontró el terreno seco, infértil.
Soy otro loco de esta ciudad, otro que camina sin saber qué dirección tomar. Y sin embargo, estoy enamorado de las muchachas, de su andar con la sonrisa en sus gestos blancos; de estas mujeres, que con el simple ruido de sus pasos, atiborran al espíritu de emociones. Y soy de ellas aunque no lo sepan, y las hago mías aunque lo ignoren. Basta con la fragancia de sus cuerpos para acariciarme el alma. No me importa que sean de otros, y si toco sus manos, con una gota del mar saboreo el océano.
Y yo digo a mi gente que todo está bien, que la calma es mi amante, mi resurgir de todos los días. Y digo también que mi Amada me acompaña, que de sus manos y sus ojos nace la salvación de mi alma. Miento entonces, y me creen, porque mi voz aún está entera, es convincente de mi bienestar.
Nadie sabe el secreto de mi amargura, ni de las noches en que, perdido, me he tambaleado por estas calles, con la sonrisa y la mirada muertas. Tampoco saben que he despertado rodeado de extraños y martillada mi conciencia, golpeada mi memoria por ignorar qué ocurrió la noche anterior.
En resumen: estoy jodido.

El regalo


De pronto me quedé inmóvil, pensando en mi cuerpo y mi respiración en medio de la oscuridad de mi cuarto. Uno a uno escuché salir a mis hermanos, con sus voces bañadas de gritos. Afuera la euforia, colmando de posada la angosta calle.
–Ándale, hijo; sal con los demás niños para que rompan las piñatas –mi madre insistente, procurando a su hijo encerrado, temeroso entre las sombras que apenas si dejaban ver algo.
No contesté y escuché sus pasos alejarse. Me llené de miedo. Para qué salir a esa posada, a cualquier sitio. No. Yo no quise salir, tampoco cuando Susanita intentó convencerme con su voz de niña enmielada. Pudo más mi miedo. Gritos y risas allá, silencios y angustias en el cuarto. Juego de doble cara, sin lugar a equivocarse.
Lo volví a recordar: mi prima Brenda, la de los pechos acolchonados y manos inquietas. Era noche y yo salí a buscar mis canicas al patio, no había luz, por eso me tardé más en encontrarlas. Luego escuché una risa: prima Brenda y un señor. Después de que él levantó la cara, creí que Brenda reía porque los bigotes le hacían cosquillas en sus pechos. Quise decirle que no le hiciera así, que nomás tocando con la mano no se ríe; pero me aguanté las ganas. No me habían visto hasta que comencé a toser por el frío que hacía. El señor del bigote me jaló con fuerza y prima Brenda le dijo que me dejara porque sólo soy un niño indefenso. Me sentaron en una piedra grande, y los dos me dijeron que yo tendría más canicas en Navidad si no le decía a tía Concha que el señor le estaba haciendo cosquillas con el bigote a Brenda en los pechos.

No voy a tener canicas nuevas en Navidad. Le dije, le dije y se enojó mucho tía Concha. No es mi culpa, yo no le hice cosquillas a Brenda; fue el señor del bigote y la tía se enojó conmigo, ¿por qué? También mi prima está enojada conmigo, y me imagino que igual el señor del bigote porque toqué los pechos de Brenda cuando dormía, la vez que me dijo que me durmiera con ella porque le da miedo estar sola en la noche. Pero se los agarré despacito para que no despertara; luego que abrió los ojos sólo sonrió y me dijo que se los chupara suavecito.

–Hijo, sal; afuera están todos tus primos y tus amigos.
No, mamá. El señor me va a pegar porque le mordí los pechos a Brenda, y a ella no le gusta eso, prefiere las cosquillas porque así se ríe y no hace ruidos raros como cuando la muerden. El cuarto oscuro me protege, mamá. Aquí estoy seguro, nadie puede entrar a pegarme: ni Brenda, ni el señor ni tía Concha. Aquí me quedo.
Tengo mucho frío y estoy temblando, no sé si por el clima o por el miedo.
–Hijo, los niños están jugando canicas; ve con ellos tú que te gusta tanto ese juego. ¿Por qué no quieres salir, qué te pasa, hijo?
–Ya estoy durmiendo, mamá. Tengo un sueño muy bonito, mamá.
Otra vez se alejan los pasos de mi madre, se pierde su sonido entre tanta noche que hay. Prima Brenda, tía Concha, ya no estén enojadas conmigo. Díganle al señor que no quise morderte tan duro. Les prometo que me voy a portar bien; díganle que no me pegue y le doy todas mis canicas. Ya no aguanto el sueño…

–Buenos días, hijo; vente a desayunar.
Tengo mucha hambre y se me quitó el frío. Quiero salir. Hay mucha gente en la casa. Veo a mis primos y a mis tíos. Todos mis hermanos están abriendo unas cajas con moños. ¡Ahí está prima Brenda! Se ríe. Viene hacia mí. No me regañes, prima bonita. Se acerca más. Me está abrazando y siento duros sus pechos. “¡Feliz Navidad!”, me ha dicho, y me regaló una bolsa muy grande de canicas.