–Pero ya es muy tarde para seguir con esto.–El reloj siempre marca las mismas horas. No te apures mucho por el tiempo, a ése ni le importas, te lo aseguro.
–Quién sabe…
–¿Y el olvido?
–¿Cuál olvido?
–El tuyo, el mío, el de toda la gente. Cada persona tiene su olvido, pienso yo.
–Estás loco…
Uno de los dos hombres ya no quería seguir tomando y el otro sí. Eran compadres y amigos desde que estaban niños. Ya llevaban varias botellas y el cantinero los veía con ganas de marcharse hacía rato.
–Nos van a echar de aquí, mejor ya vámonos, compadre.
–¿A tu casa o a la mía?
–A dormir, no me siento con ánimos de seguirle; ya estoy muy borracho.
Tomaban cuando se veían –por lo menos una vez al mes– y casi siempre paraban cuando los sorprendía el sol. Pero esa noche uno de ellos ya no quería seguir la parranda.
–Una botella más y nos vamos a dormir, pues.
–Nada, hombre; me caigo de sueño.
–Ya vete entonces, yo me voy a quedar otro rato.
El hombre le hizo caso y salió sin pensarlo dos veces. El otro estuvo sentado algunos minutos, callado e inmóvil, y daba la impresión de haberse dormido. Llegó el cantinero hasta el lugar del borracho y le golpeó levemente la espalda; éste se sobresaltó y volteó hacia todos los lados: era el último cliente e hizo un movimiento de negación con la cabeza. Luego pidió la cuenta y sacó varios billetes de la bolsa de su camisa. Comenzó a tomar mientras preguntaba al cantinero si quería ir a emborracharse con él; aquél dijo que no y al recibir el dinero se alejó.
–Me voy a donde haya hombres porque aquí puras “mariquitas” –dijo, después empinó hasta el fondo lo que quedaba en su vaso.
Salió de la cantina tambaleándose y afuera todo era negro. No supo qué dirección tomar y caminó sólo por no quedarse parado. Su casa no estaba muy lejos del lugar pero no se acordó dónde y tomó otro camino. Iba pensando en seguir la borrachera y no se dio cuenta de que ya había agarrado el camino para el campo. De pronto, se detuvo y no sabía en dónde estaba. Miró a los cuatro vientos y nada: todo era noche, sin una sola luz cerca ni lejos.
–Ah, diablo cabrón, dónde me trajiste –expresó, moviendo la cabeza.
Volvió a caminar y todas las copas que llevaba encima no impidieron que comenzara a sentir frío. Abrazó su cuerpo, avanzó, más adelante tropezó con una piedra que no vio y cayó al piso. “Qué jodido ando”, pensó y levantó la vista, todavía tirado. En ese momento vio un punto rojo que poco a poco iba acercándose a él. Abrió más los ojos, se los talló varias veces para intentar ver de lo que se trataba, y de entre lo oscuro alcanzó a escuchar, con voz gruesa y seria, a un hombre que le decía:
–Ay, mi amigo, levántese; el piso no es buen colchón. Déjeme ayudarlo, vea nomás cómo lo dejó el trago –y soltó una gran bocanada del humo de su cigarro.
–No, lo que pasa es que me tiró la piedra, no el trago.
El otro le ayudó a levantarse y lo agarró hasta que se pudo sostener.
–Oiga usted –preguntó el borracho–, ¿y cómo supo que yo estaba en el piso si por este rumbo no se ve nada?
–Ya ve, mi amigo, uno tiene sus atributos: buena vista me cargo yo.
–Está bien, pero yo ya me estoy secando, ¿sabe? Quiero otro trago.
–Más adelante tengo mi casa, si usted gusta puedo invitarle un traguito.
–Caminemos, pues, seguro que lo acepto.
Los dos iniciaron el camino y en el trayecto no cruzaron palabra alguna, sólo cuando el borracho pidió un cigarro al acompañante pues el frío aumentaba cada vez más.
–Ya llegamos, pase usted primero; pero eso sí, me va a disculpar mucho la oscuridad, se me acabaron las velas y la leña.
–No tenga cuidado, para esto ni se necesita luz.
Se escuchó como que arrastraban dos sillas, luego que chocaban una botella con un vaso. El borracho se animó con ese sonido y frotó sus manos por el gusto. Minutos después, sintió sobre su espalda el peso y calor de una cobija que le puso su anfitrión; éste le dijo:
–Para el frío, sentí su temblorina en el camino.
–Se lo agradezco… ¿cómo se llama usted?
–Pascual, para servirle, mi amigo.
–Igual que mi compadre, al menos no me voy a equivocar de nombre al llamarlo, ya ve, sin luz y habiendo estado buenas horas con él, tal vez creyera que seguimos juntos.
–Ya veo… Qué rajón le salió el compadre, ¿verdad?
–Sí, pero cómo sabe usted que él se fue.
–Yo también estuve un rato en la cantina, en la tarde; ahí los vi, y pues estando usted solo, llegué a pensar eso.
–Vaya. ¿Y aquí ha vivido siempre?
–Aquí, allá, más allá, en todos lados, mi amigo; pero ya no sea tan preguntón y tómele al vaso. Tengo más botellas guardadas, no se preocupe por que se vaya a terminar.
Ya habían pasado acaso dos horas desde que se encontraron en el camino. El borracho lo estaba aún más mientras que el otro guardaba silencio. La luna todavía era brillosa y elevada, en el cielo.
–Uno tiene su olvido, ¿verdad? –preguntó el dueño de la casa.
–Siempre… –contestó el otro, casi sin fuerza.
–Pero llega con los años, no de repente, creo yo; no se preocupe mucho.
–Sí… –respondió el borracho y en ese momento cayó al piso, provocando un sonido seco.
El que lo invitó puso su vaso en la mesita y salió de la casa. Caminó y atrás dejó al otro.
Al siguiente día, temprano, los hombres que pasaban rumbo al campo, encima sus caballos unos y caminando otros, vieron a un hombre tirado junto al solitario camino, inmóvil y hecho bola.













