sábado, 7 de junio de 2008

En busca del olvido

–Pero ya es muy tarde para seguir con esto.
–El reloj siempre marca las mismas horas. No te apures mucho por el tiempo, a ése ni le importas, te lo aseguro.
–Quién sabe…
–¿Y el olvido?
–¿Cuál olvido?
–El tuyo, el mío, el de toda la gente. Cada persona tiene su olvido, pienso yo.
–Estás loco…
Uno de los dos hombres ya no quería seguir tomando y el otro sí. Eran compadres y amigos desde que estaban niños. Ya llevaban varias botellas y el cantinero los veía con ganas de marcharse hacía rato.
–Nos van a echar de aquí, mejor ya vámonos, compadre.
–¿A tu casa o a la mía?
–A dormir, no me siento con ánimos de seguirle; ya estoy muy borracho.
Tomaban cuando se veían –por lo menos una vez al mes– y casi siempre paraban cuando los sorprendía el sol. Pero esa noche uno de ellos ya no quería seguir la parranda.
–Una botella más y nos vamos a dormir, pues.
–Nada, hombre; me caigo de sueño.
–Ya vete entonces, yo me voy a quedar otro rato.
El hombre le hizo caso y salió sin pensarlo dos veces. El otro estuvo sentado algunos minutos, callado e inmóvil, y daba la impresión de haberse dormido. Llegó el cantinero hasta el lugar del borracho y le golpeó levemente la espalda; éste se sobresaltó y volteó hacia todos los lados: era el último cliente e hizo un movimiento de negación con la cabeza. Luego pidió la cuenta y sacó varios billetes de la bolsa de su camisa. Comenzó a tomar mientras preguntaba al cantinero si quería ir a emborracharse con él; aquél dijo que no y al recibir el dinero se alejó.
–Me voy a donde haya hombres porque aquí puras “mariquitas” –dijo, después empinó hasta el fondo lo que quedaba en su vaso.
Salió de la cantina tambaleándose y afuera todo era negro. No supo qué dirección tomar y caminó sólo por no quedarse parado. Su casa no estaba muy lejos del lugar pero no se acordó dónde y tomó otro camino. Iba pensando en seguir la borrachera y no se dio cuenta de que ya había agarrado el camino para el campo. De pronto, se detuvo y no sabía en dónde estaba. Miró a los cuatro vientos y nada: todo era noche, sin una sola luz cerca ni lejos.
–Ah, diablo cabrón, dónde me trajiste –expresó, moviendo la cabeza.
Volvió a caminar y todas las copas que llevaba encima no impidieron que comenzara a sentir frío. Abrazó su cuerpo, avanzó, más adelante tropezó con una piedra que no vio y cayó al piso. “Qué jodido ando”, pensó y levantó la vista, todavía tirado. En ese momento vio un punto rojo que poco a poco iba acercándose a él. Abrió más los ojos, se los talló varias veces para intentar ver de lo que se trataba, y de entre lo oscuro alcanzó a escuchar, con voz gruesa y seria, a un hombre que le decía:
–Ay, mi amigo, levántese; el piso no es buen colchón. Déjeme ayudarlo, vea nomás cómo lo dejó el trago –y soltó una gran bocanada del humo de su cigarro.
–No, lo que pasa es que me tiró la piedra, no el trago.
El otro le ayudó a levantarse y lo agarró hasta que se pudo sostener.
–Oiga usted –preguntó el borracho–, ¿y cómo supo que yo estaba en el piso si por este rumbo no se ve nada?
–Ya ve, mi amigo, uno tiene sus atributos: buena vista me cargo yo.
–Está bien, pero yo ya me estoy secando, ¿sabe? Quiero otro trago.
–Más adelante tengo mi casa, si usted gusta puedo invitarle un traguito.
–Caminemos, pues, seguro que lo acepto.
Los dos iniciaron el camino y en el trayecto no cruzaron palabra alguna, sólo cuando el borracho pidió un cigarro al acompañante pues el frío aumentaba cada vez más.
–Ya llegamos, pase usted primero; pero eso sí, me va a disculpar mucho la oscuridad, se me acabaron las velas y la leña.
–No tenga cuidado, para esto ni se necesita luz.
Se escuchó como que arrastraban dos sillas, luego que chocaban una botella con un vaso. El borracho se animó con ese sonido y frotó sus manos por el gusto. Minutos después, sintió sobre su espalda el peso y calor de una cobija que le puso su anfitrión; éste le dijo:
–Para el frío, sentí su temblorina en el camino.
–Se lo agradezco… ¿cómo se llama usted?
–Pascual, para servirle, mi amigo.
–Igual que mi compadre, al menos no me voy a equivocar de nombre al llamarlo, ya ve, sin luz y habiendo estado buenas horas con él, tal vez creyera que seguimos juntos.
–Ya veo… Qué rajón le salió el compadre, ¿verdad?
–Sí, pero cómo sabe usted que él se fue.
–Yo también estuve un rato en la cantina, en la tarde; ahí los vi, y pues estando usted solo, llegué a pensar eso.
–Vaya. ¿Y aquí ha vivido siempre?
–Aquí, allá, más allá, en todos lados, mi amigo; pero ya no sea tan preguntón y tómele al vaso. Tengo más botellas guardadas, no se preocupe por que se vaya a terminar.
Ya habían pasado acaso dos horas desde que se encontraron en el camino. El borracho lo estaba aún más mientras que el otro guardaba silencio. La luna todavía era brillosa y elevada, en el cielo.
–Uno tiene su olvido, ¿verdad? –preguntó el dueño de la casa.
–Siempre… –contestó el otro, casi sin fuerza.
–Pero llega con los años, no de repente, creo yo; no se preocupe mucho.
–Sí… –respondió el borracho y en ese momento cayó al piso, provocando un sonido seco.
El que lo invitó puso su vaso en la mesita y salió de la casa. Caminó y atrás dejó al otro.
Al siguiente día, temprano, los hombres que pasaban rumbo al campo, encima sus caballos unos y caminando otros, vieron a un hombre tirado junto al solitario camino, inmóvil y hecho bola.

martes, 3 de junio de 2008

Huele a tierra mojada

–Estás loco, huele a noche, a canto de grillos. De seguro vienes tomando y ya estás borracho.
La esposa regaña al marido que la sigue, caminando. Ella va montada sobre un caballo, con el pequeño hijo en los brazos. Van hacia la ciudad porque al hombre le ofrecieron buen trabajo los ricos que a veces van al pueblo en busca de gente para emplear.
–Te digo que huele a tierra mojada, mujer; pero nada me crees.
–Mejor cállate y emparéjanos. Has de traer tu botella escondida, por eso vienes atrás; una no gana para corajes contigo.
–No vengo tomando, dije que no iba a tomar en un buen tiempo; me lo dije a mí, solo, mientras tú dormías con mi niño una noche. Y si vengo aquí es para cuidar que no se caiga nada.
Es plena madrugada y apenas se ven ellos. Se escuchan los grillos. Sienten a veces que los grandes árboles los vigilan. El hijo duerme, el paso lento del caballo le sirve de arrullo.
–Huele a tierra mojada, de veras huele.
–Ya cállate, vas a despertar al niño.
–No te enojes, uno tiene sus presentimientos. Tú no me crees, no te culpo, pero no tires mi olor a ningún lado; de veras me llega un olor a eso que te digo.
Silencio… Cinco, diez minutos. Contesta luego la mujer:
–No huelo a nada; mira cómo está de limpio el cielo, mira qué estrellas. Todavía debe faltar mucho camino para llegar a la ciudad. ¿Quieres descansar?
–No. Lo que quiero es quitarme este olor que traigo desde que salimos del pueblo.
Prende un cigarro para no sentir frío. Extraña su trago de aguardiente. Lleva enteras las esperanzas en la ciudad, le han dicho que allá se gana buen dinero, eso lo animó a dejar el pueblo porque quiere que su hijo crezca como hombre de bien y sin carencias. Atrás queda la casita, el campo, va con ganas de comenzar a trabajar para iniciar su sueño.
–Ya no te enojes, mujer. ¿Cómo ves al niño?
–Bien, todavía está dormido. Ya no me enojo, pues.
Se enamoró de ella en la placita, por sus ojos fuertes y sinceros, por su trenza larga, larga. Le dijo que tenía ganas de columpiar su amor en ese cabello tan largo y ella sonrió. La acompañó a su casa y ya no se lo quitó de encima: la convenció una buena tarde para el matrimonio.
Van para la ciudad. Allá les darán casas grandes para cuidar mientras los señores salen de viaje, son ya unas ocho casas seguras. Lo recomendaron por honesto.
–¿Tienes frío? Tapa bien al niño.
–No tengo. Viene bien tapado; ¿y tú tienes?
–Algo, es por el aire que me da en la cara.
–Te digo que estás loco, no hace nada de aire.
Es poco el viento, pero sí es frío. Ella está bien abrigada, todo el cuerpo, sólo tiene los ojos descubiertos, por eso no siente frío ni el aire. No se da cuenta.
Avanzan. Falta mucho para que lleguen, acaso dos horas.
–¿Ya viste tu cielo estrellado, mentirosa?
–Hace un rato sí había estrellas, muchas.
Gris. Gris de diferentes tonos. Huele a tierra mojada.
–Ahora sí ya me llegó el olor.
–Te dije desde hace un rato pero no me quisiste creer. Reza para que no nos llueva.
Presentimientos. Pocas veces éstos son errados, se sabe por una cosa en el cuerpo que va a ocurrir algo.
Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. El hombre y la mujer se persignan. Qué pesada es así la oscuridad y qué insoportable el silencio. Se guardan las palabras por el temor.
–¿Y ahora qué hacemos?
–No sé…
Temor. Llueve más, pesan las gotas. Se va cayendo el cielo mientras el niño llora. Gritos hondos taladran los oídos. Truenos. Aire. Miedo. Un rayo partió un árbol delante de ellos, el caballo se espantó, por eso reparó. La madre cayó con su hijo. El hombre se acerca y queda tendido a un lado de ellos. Las lágrimas llenaron de sueño sus ojos.

Calma. Ahora hay calma, en la mañana. Despierta el hombre y se acerca a sus difuntos; abraza al niño y besa el rostro de su mujer, la mira, le dice:
–Y tú no me creíste que olía a tierra mojada…
Se queda llorando, viendo con rabia a su caballo.