
De pronto me quedé inmóvil, pensando en mi cuerpo y mi respiración en medio de la oscuridad de mi cuarto. Uno a uno escuché salir a mis hermanos, con sus voces bañadas de gritos. Afuera la euforia, colmando de posada la angosta calle.
–Ándale, hijo; sal con los demás niños para que rompan las piñatas –mi madre insistente, procurando a su hijo encerrado, temeroso entre las sombras que apenas si dejaban ver algo.
No contesté y escuché sus pasos alejarse. Me llené de miedo. Para qué salir a esa posada, a cualquier sitio. No. Yo no quise salir, tampoco cuando Susanita intentó convencerme con su voz de niña enmielada. Pudo más mi miedo. Gritos y risas allá, silencios y angustias en el cuarto. Juego de doble cara, sin lugar a equivocarse.
Lo volví a recordar: mi prima Brenda, la de los pechos acolchonados y manos inquietas. Era noche y yo salí a buscar mis canicas al patio, no había luz, por eso me tardé más en encontrarlas. Luego escuché una risa: prima Brenda y un señor. Después de que él levantó la cara, creí que Brenda reía porque los bigotes le hacían cosquillas en sus pechos. Quise decirle que no le hiciera así, que nomás tocando con la mano no se ríe; pero me aguanté las ganas. No me habían visto hasta que comencé a toser por el frío que hacía. El señor del bigote me jaló con fuerza y prima Brenda le dijo que me dejara porque sólo soy un niño indefenso. Me sentaron en una piedra grande, y los dos me dijeron que yo tendría más canicas en Navidad si no le decía a tía Concha que el señor le estaba haciendo cosquillas con el bigote a Brenda en los pechos.
No voy a tener canicas nuevas en Navidad. Le dije, le dije y se enojó mucho tía Concha. No es mi culpa, yo no le hice cosquillas a Brenda; fue el señor del bigote y la tía se enojó conmigo, ¿por qué? También mi prima está enojada conmigo, y me imagino que igual el señor del bigote porque toqué los pechos de Brenda cuando dormía, la vez que me dijo que me durmiera con ella porque le da miedo estar sola en la noche. Pero se los agarré despacito para que no despertara; luego que abrió los ojos sólo sonrió y me dijo que se los chupara suavecito.
–Hijo, sal; afuera están todos tus primos y tus amigos.
No, mamá. El señor me va a pegar porque le mordí los pechos a Brenda, y a ella no le gusta eso, prefiere las cosquillas porque así se ríe y no hace ruidos raros como cuando la muerden. El cuarto oscuro me protege, mamá. Aquí estoy seguro, nadie puede entrar a pegarme: ni Brenda, ni el señor ni tía Concha. Aquí me quedo.
Tengo mucho frío y estoy temblando, no sé si por el clima o por el miedo.
–Hijo, los niños están jugando canicas; ve con ellos tú que te gusta tanto ese juego. ¿Por qué no quieres salir, qué te pasa, hijo?
–Ya estoy durmiendo, mamá. Tengo un sueño muy bonito, mamá.
Otra vez se alejan los pasos de mi madre, se pierde su sonido entre tanta noche que hay. Prima Brenda, tía Concha, ya no estén enojadas conmigo. Díganle al señor que no quise morderte tan duro. Les prometo que me voy a portar bien; díganle que no me pegue y le doy todas mis canicas. Ya no aguanto el sueño…
–Buenos días, hijo; vente a desayunar.
Tengo mucha hambre y se me quitó el frío. Quiero salir. Hay mucha gente en la casa. Veo a mis primos y a mis tíos. Todos mis hermanos están abriendo unas cajas con moños. ¡Ahí está prima Brenda! Se ríe. Viene hacia mí. No me regañes, prima bonita. Se acerca más. Me está abrazando y siento duros sus pechos. “¡Feliz Navidad!”, me ha dicho, y me regaló una bolsa muy grande de canicas.