lunes, 28 de enero de 2008

De la tarde del reencuentro...


Tan blanca es que parece de la espuma,
cuerpo de luz iniciado en el cielo,
estampa de una virgen malherida.,
reconozco en su tacto mi esperanza,
al cadáver de mis lamentaciones.

Sólo del tiempo quedaron cenizas,
antiguos rencores castigados
cuando el brillo de sus ojos se hizo
hacia mí, y me quedé ciego de verla.
Ella sabe convertirme en esclavo.

Nuestros años son polvo entre sus manos,
edades que nos hablaron del tiempo
donde la esperanza nos cobijaba.
Ojos de sal, mirada de huracán
que arrasa con quien se pone a su paso.

Tan blanca es que parece de la espuma,
calma de los que están desamparados
y buscan en el cielo su consuelo.
Es agua de océano recién nacida:
en ella lavan los hombres sus culpas.

lunes, 21 de enero de 2008

Mujer y yo


Ella indolente no espera su muerte,
es un aleteo de la vieja gaviota.
Su cuerpo es piedra de llanto
que rueda por la montaña virgen.
Qué sola está su soledad sin ella
que cae siempre al otro lado del mar.

Ella protegida por el océano
se vuelve ola y muere en la rutina,
pero no deja de existir porque regresa
siempre vestida con otra espuma:
revive en la sal y se hace playa.

Ella heredera de la piel del sol,
brilla debajo de todos los cielos
y anda por el mundo volando vientos:
nota quebrada de música ausente.

Sirena indolente la protegida heredera,
ella no sabe morir a tiempo
ni cantar el amanecer de las noches.
No sabe qué sola quedó su ausencia
en este cementerio de recuerdos
en que me he convertido por ella.

jueves, 17 de enero de 2008

Destino


He aprendido a descubrir tu rostro, cada noche, y digo que soy una muestra fiel de la soledad. Esta madrugada es inquieta, se mueve con el viento, con el reloj.
Avanzo a ti como si nunca hubiera abierto los ojos: cansado de pasear por la sala, camino hacia mi habitación oscura. Recuerdo tus pasos, te imito y una ola de angustias me dejan sin movimiento.
“¿Cuándo vendrás a mí, cuándo?” Le pregunto al único retrato tuyo que me dejaste.
Silencio.
Herido del pensamiento trato de mirar. El viento juega conmigo a encontrarte detrás de las cortinas: corro, y al llegar, mi abrazo se queda solo, con un montón de tela enredada en mis manos.
Caigo de rodillas, para qué llorar si mañana ocurrirá lo mismo.

martes, 15 de enero de 2008

Recuento de mi estancia en Morelia


Tengo los zapatos llenos de polvo, soy un mugrero en movimiento. Mi casa está a seis horas de aquí y me da miedo regresar. Soy el que mantiene sus ojos empapados, el que habla todo el día con el viento; soy el que vino a cosechar una esperanza y que a su vez encontró el terreno seco, infértil.
Soy otro loco de esta ciudad, otro que camina sin saber qué dirección tomar. Y sin embargo, estoy enamorado de las muchachas, de su andar con la sonrisa en sus gestos blancos; de estas mujeres, que con el simple ruido de sus pasos, atiborran al espíritu de emociones. Y soy de ellas aunque no lo sepan, y las hago mías aunque lo ignoren. Basta con la fragancia de sus cuerpos para acariciarme el alma. No me importa que sean de otros, y si toco sus manos, con una gota del mar saboreo el océano.
Y yo digo a mi gente que todo está bien, que la calma es mi amante, mi resurgir de todos los días. Y digo también que mi Amada me acompaña, que de sus manos y sus ojos nace la salvación de mi alma. Miento entonces, y me creen, porque mi voz aún está entera, es convincente de mi bienestar.
Nadie sabe el secreto de mi amargura, ni de las noches en que, perdido, me he tambaleado por estas calles, con la sonrisa y la mirada muertas. Tampoco saben que he despertado rodeado de extraños y martillada mi conciencia, golpeada mi memoria por ignorar qué ocurrió la noche anterior.
En resumen: estoy jodido.

El regalo


De pronto me quedé inmóvil, pensando en mi cuerpo y mi respiración en medio de la oscuridad de mi cuarto. Uno a uno escuché salir a mis hermanos, con sus voces bañadas de gritos. Afuera la euforia, colmando de posada la angosta calle.
–Ándale, hijo; sal con los demás niños para que rompan las piñatas –mi madre insistente, procurando a su hijo encerrado, temeroso entre las sombras que apenas si dejaban ver algo.
No contesté y escuché sus pasos alejarse. Me llené de miedo. Para qué salir a esa posada, a cualquier sitio. No. Yo no quise salir, tampoco cuando Susanita intentó convencerme con su voz de niña enmielada. Pudo más mi miedo. Gritos y risas allá, silencios y angustias en el cuarto. Juego de doble cara, sin lugar a equivocarse.
Lo volví a recordar: mi prima Brenda, la de los pechos acolchonados y manos inquietas. Era noche y yo salí a buscar mis canicas al patio, no había luz, por eso me tardé más en encontrarlas. Luego escuché una risa: prima Brenda y un señor. Después de que él levantó la cara, creí que Brenda reía porque los bigotes le hacían cosquillas en sus pechos. Quise decirle que no le hiciera así, que nomás tocando con la mano no se ríe; pero me aguanté las ganas. No me habían visto hasta que comencé a toser por el frío que hacía. El señor del bigote me jaló con fuerza y prima Brenda le dijo que me dejara porque sólo soy un niño indefenso. Me sentaron en una piedra grande, y los dos me dijeron que yo tendría más canicas en Navidad si no le decía a tía Concha que el señor le estaba haciendo cosquillas con el bigote a Brenda en los pechos.

No voy a tener canicas nuevas en Navidad. Le dije, le dije y se enojó mucho tía Concha. No es mi culpa, yo no le hice cosquillas a Brenda; fue el señor del bigote y la tía se enojó conmigo, ¿por qué? También mi prima está enojada conmigo, y me imagino que igual el señor del bigote porque toqué los pechos de Brenda cuando dormía, la vez que me dijo que me durmiera con ella porque le da miedo estar sola en la noche. Pero se los agarré despacito para que no despertara; luego que abrió los ojos sólo sonrió y me dijo que se los chupara suavecito.

–Hijo, sal; afuera están todos tus primos y tus amigos.
No, mamá. El señor me va a pegar porque le mordí los pechos a Brenda, y a ella no le gusta eso, prefiere las cosquillas porque así se ríe y no hace ruidos raros como cuando la muerden. El cuarto oscuro me protege, mamá. Aquí estoy seguro, nadie puede entrar a pegarme: ni Brenda, ni el señor ni tía Concha. Aquí me quedo.
Tengo mucho frío y estoy temblando, no sé si por el clima o por el miedo.
–Hijo, los niños están jugando canicas; ve con ellos tú que te gusta tanto ese juego. ¿Por qué no quieres salir, qué te pasa, hijo?
–Ya estoy durmiendo, mamá. Tengo un sueño muy bonito, mamá.
Otra vez se alejan los pasos de mi madre, se pierde su sonido entre tanta noche que hay. Prima Brenda, tía Concha, ya no estén enojadas conmigo. Díganle al señor que no quise morderte tan duro. Les prometo que me voy a portar bien; díganle que no me pegue y le doy todas mis canicas. Ya no aguanto el sueño…

–Buenos días, hijo; vente a desayunar.
Tengo mucha hambre y se me quitó el frío. Quiero salir. Hay mucha gente en la casa. Veo a mis primos y a mis tíos. Todos mis hermanos están abriendo unas cajas con moños. ¡Ahí está prima Brenda! Se ríe. Viene hacia mí. No me regañes, prima bonita. Se acerca más. Me está abrazando y siento duros sus pechos. “¡Feliz Navidad!”, me ha dicho, y me regaló una bolsa muy grande de canicas.