martes, 3 de junio de 2008

Huele a tierra mojada

–Estás loco, huele a noche, a canto de grillos. De seguro vienes tomando y ya estás borracho.
La esposa regaña al marido que la sigue, caminando. Ella va montada sobre un caballo, con el pequeño hijo en los brazos. Van hacia la ciudad porque al hombre le ofrecieron buen trabajo los ricos que a veces van al pueblo en busca de gente para emplear.
–Te digo que huele a tierra mojada, mujer; pero nada me crees.
–Mejor cállate y emparéjanos. Has de traer tu botella escondida, por eso vienes atrás; una no gana para corajes contigo.
–No vengo tomando, dije que no iba a tomar en un buen tiempo; me lo dije a mí, solo, mientras tú dormías con mi niño una noche. Y si vengo aquí es para cuidar que no se caiga nada.
Es plena madrugada y apenas se ven ellos. Se escuchan los grillos. Sienten a veces que los grandes árboles los vigilan. El hijo duerme, el paso lento del caballo le sirve de arrullo.
–Huele a tierra mojada, de veras huele.
–Ya cállate, vas a despertar al niño.
–No te enojes, uno tiene sus presentimientos. Tú no me crees, no te culpo, pero no tires mi olor a ningún lado; de veras me llega un olor a eso que te digo.
Silencio… Cinco, diez minutos. Contesta luego la mujer:
–No huelo a nada; mira cómo está de limpio el cielo, mira qué estrellas. Todavía debe faltar mucho camino para llegar a la ciudad. ¿Quieres descansar?
–No. Lo que quiero es quitarme este olor que traigo desde que salimos del pueblo.
Prende un cigarro para no sentir frío. Extraña su trago de aguardiente. Lleva enteras las esperanzas en la ciudad, le han dicho que allá se gana buen dinero, eso lo animó a dejar el pueblo porque quiere que su hijo crezca como hombre de bien y sin carencias. Atrás queda la casita, el campo, va con ganas de comenzar a trabajar para iniciar su sueño.
–Ya no te enojes, mujer. ¿Cómo ves al niño?
–Bien, todavía está dormido. Ya no me enojo, pues.
Se enamoró de ella en la placita, por sus ojos fuertes y sinceros, por su trenza larga, larga. Le dijo que tenía ganas de columpiar su amor en ese cabello tan largo y ella sonrió. La acompañó a su casa y ya no se lo quitó de encima: la convenció una buena tarde para el matrimonio.
Van para la ciudad. Allá les darán casas grandes para cuidar mientras los señores salen de viaje, son ya unas ocho casas seguras. Lo recomendaron por honesto.
–¿Tienes frío? Tapa bien al niño.
–No tengo. Viene bien tapado; ¿y tú tienes?
–Algo, es por el aire que me da en la cara.
–Te digo que estás loco, no hace nada de aire.
Es poco el viento, pero sí es frío. Ella está bien abrigada, todo el cuerpo, sólo tiene los ojos descubiertos, por eso no siente frío ni el aire. No se da cuenta.
Avanzan. Falta mucho para que lleguen, acaso dos horas.
–¿Ya viste tu cielo estrellado, mentirosa?
–Hace un rato sí había estrellas, muchas.
Gris. Gris de diferentes tonos. Huele a tierra mojada.
–Ahora sí ya me llegó el olor.
–Te dije desde hace un rato pero no me quisiste creer. Reza para que no nos llueva.
Presentimientos. Pocas veces éstos son errados, se sabe por una cosa en el cuerpo que va a ocurrir algo.
Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. El hombre y la mujer se persignan. Qué pesada es así la oscuridad y qué insoportable el silencio. Se guardan las palabras por el temor.
–¿Y ahora qué hacemos?
–No sé…
Temor. Llueve más, pesan las gotas. Se va cayendo el cielo mientras el niño llora. Gritos hondos taladran los oídos. Truenos. Aire. Miedo. Un rayo partió un árbol delante de ellos, el caballo se espantó, por eso reparó. La madre cayó con su hijo. El hombre se acerca y queda tendido a un lado de ellos. Las lágrimas llenaron de sueño sus ojos.

Calma. Ahora hay calma, en la mañana. Despierta el hombre y se acerca a sus difuntos; abraza al niño y besa el rostro de su mujer, la mira, le dice:
–Y tú no me creíste que olía a tierra mojada…
Se queda llorando, viendo con rabia a su caballo.

1 comentario:

Verónica E. Díaz M. dijo...

"Se enamoró de ella en la placita, por sus ojos fuertes y sinceros, por su trenza larga, larga. Le dijo que tenía ganas de columpiar su amor en ese cabello tan largo y ella sonrió."
Yo también hubiera sonreído...
De los presentimientos estuve hablando hoy mismo con un amigo, después conversamos nosotros... con cigarro y aguardiente