
Tengo los zapatos llenos de polvo, soy un mugrero en movimiento. Mi casa está a seis horas de aquí y me da miedo regresar. Soy el que mantiene sus ojos empapados, el que habla todo el día con el viento; soy el que vino a cosechar una esperanza y que a su vez encontró el terreno seco, infértil.
Soy otro loco de esta ciudad, otro que camina sin saber qué dirección tomar. Y sin embargo, estoy enamorado de las muchachas, de su andar con la sonrisa en sus gestos blancos; de estas mujeres, que con el simple ruido de sus pasos, atiborran al espíritu de emociones. Y soy de ellas aunque no lo sepan, y las hago mías aunque lo ignoren. Basta con la fragancia de sus cuerpos para acariciarme el alma. No me importa que sean de otros, y si toco sus manos, con una gota del mar saboreo el océano.
Y yo digo a mi gente que todo está bien, que la calma es mi amante, mi resurgir de todos los días. Y digo también que mi Amada me acompaña, que de sus manos y sus ojos nace la salvación de mi alma. Miento entonces, y me creen, porque mi voz aún está entera, es convincente de mi bienestar.
Nadie sabe el secreto de mi amargura, ni de las noches en que, perdido, me he tambaleado por estas calles, con la sonrisa y la mirada muertas. Tampoco saben que he despertado rodeado de extraños y martillada mi conciencia, golpeada mi memoria por ignorar qué ocurrió la noche anterior.
En resumen: estoy jodido.
Soy otro loco de esta ciudad, otro que camina sin saber qué dirección tomar. Y sin embargo, estoy enamorado de las muchachas, de su andar con la sonrisa en sus gestos blancos; de estas mujeres, que con el simple ruido de sus pasos, atiborran al espíritu de emociones. Y soy de ellas aunque no lo sepan, y las hago mías aunque lo ignoren. Basta con la fragancia de sus cuerpos para acariciarme el alma. No me importa que sean de otros, y si toco sus manos, con una gota del mar saboreo el océano.
Y yo digo a mi gente que todo está bien, que la calma es mi amante, mi resurgir de todos los días. Y digo también que mi Amada me acompaña, que de sus manos y sus ojos nace la salvación de mi alma. Miento entonces, y me creen, porque mi voz aún está entera, es convincente de mi bienestar.
Nadie sabe el secreto de mi amargura, ni de las noches en que, perdido, me he tambaleado por estas calles, con la sonrisa y la mirada muertas. Tampoco saben que he despertado rodeado de extraños y martillada mi conciencia, golpeada mi memoria por ignorar qué ocurrió la noche anterior.
En resumen: estoy jodido.

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