domingo, 9 de marzo de 2008

Primer Informe de Tu Ausencia


Cuando te perdí (no sé cuándo fue), aún me llamaba a mí mismo Presidente de la República de Tu Cuerpo. A quién sabe cuántos días de tu No-Presencia en mi vida, he decidido dar a conocer algunos resultados en este Primer Informe de Tu Ausencia:

Después de ti queda la noche, una mirada en algún oscuro cuarto, una hoguera apenas frágil. Y es que después de ti el corazón es sólo una palabra que ya no existe. Hay momentos en los que quiero sonreír, pero los labios ya no dan para tanto, sólo se entreabren para exhalar el humo de los cigarros.
Después de ti mis manos son dos áridos terrenos, dos pedazos de nada donde alguna vez se sembraron sueños de poseer las tuyas. Sólo queda la ausencia tras haber visto tu partida, vestida de blanco, hacia otros senderos donde mis pasos ya eran ceniza, polvo de olvido.
Cuando miro el espejo, de frente, veo unas ruinas que me hablan de un sitio donde alguna vez se fundara un imperio. Quedan sólo vestigios ahora que ya no estás tú, gobernando con tu sola presencia.
La tarde es un sitio muy vacío sin tu mirada, sin esa sonrisa que daba luz al crepúsculo donde las aves reían de contento.
Hay noches en las que el viento se acerca a mí, me contempla, y después de ver la condición en la que me hallo, se marcha; pero también sabe de la compasión y me trae consigo fragmentos de tu fragancia. La memoria de mi olfato me da entonces algo de vida, motivos de ti para no caer desde mi ventana.
Cierro los ojos y te veo, los abro y no estás… los vuelvo a cerrar. Las trampas que la nostalgia me tiende llevan a mis ojos dos hilos de agua.
Tengo miedo de salir a la calle, de ver tu rostro en todas las mujeres que encuentre a mi paso, y al acercarme, notar que no estás en ninguna de ellas.
Me da miedo escribir tu nombre; siempre lo hago, pero me da miedo volver a escribirlo, terminarlo y darme cuenta de que se borra con el último trazo, como si el papel o la tinta de alguna forma te negaran.
Hay mañanas en que mi cuarto amanece inundado: acaso sea la lluvia la que se mete por mi ventana, o quizás es el llanto que se me escapa sin darme cuenta mientras duermo. Me vuelvo náufrago entonces, olvido que no sé nadar y la desesperación se vuelve contra mí. La fe se aparta de mi lado, estoy jodido en esa acuática hora, la agonía de mi esperanza se me viene y ya nada hago sino repetir tu nombre, tratando de morirme con un poco de ti.
Tiembla mi voz tras cada letra de tu nombre pronunciada, y un eco se ampara de mi tristeza. Entonces mis ojos vuelven a cerrarse para luego abrirse y hallar mis restos debajo de la cama, sin una gota de agua ya inundándome. Esa tregua del llanto me da la calma para volver a respirar y descubrirme en medio de un suspiro heredado de mi pasado, de ese tiempo donde sonreír formaba parte de mi rostro y la palabra “angustia” era la más lejana de todas; hoy es mi realidad.
¿Qué me queda después de ti?
Después de ti queda el silencio para designarme tu ausencia.

1 comentario:

Verónica E. Díaz M. dijo...

A veces nos empeñamos en repetir nombres que gritamos y no se escuchan, no se dibujan en ninguna página, por lo menos en ninguna nuestra, quién sabe si en alguna otra, de alguien más... Superado tanto ahogo, el papel se seca para comenzar a escribir de nuevo.
Saludos